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jueves, 29 de abril de 2010

Ensalada de peras, roquefort, y nueces


Foto: Mercedes Monti
Hace poco les pasé la receta de una ensalada de remolachas muy similar a esta. Pero nunca viene mal una receta más de ensalada, por más parecida que sea a la anterior. Además, esta combinación está en mi Top 5. Seguramente muchos ya la conozcan, pero para quienes nunca la probaron, o para quienes la tenían olvidada, en este breve post van los ingredientes para una porción.

Un plato de verdes
1/2 pera
Queso roquefort, a gusto (entre 30 y 40 grs. va a estar bien)
1 pequeño puñado de nueces previamente tostadas levemente en el horno
1 cda. de aceite de oliva
1/3 de cda. de aceto balsámico
Sal y pimienta

Lavar y secar bien las hojas verdes. Acomodarlas sobre un plato. Pelar media pera, cortarla en rodajas a lo ancho, y acomodarla sobre los verdes. Por arriba tirar el queso roquefort, y las nueces.
Para la vinagreta, mezclar el aceite de oliva con el aceto, la sal y la pimienta en un bol pequeño. Volcarlo sobre la ensalada.

domingo, 25 de abril de 2010

Narbona


Dentro de Mercados del Delta, el área nueva del Puerto de frutos de Tigre, abrió el año pasado el almacén-restaurant Narbona. Este emprendimiento ya contaba con otras dos sucursales del otro lado del río de la Plata, en Uruguay: una en Carmelo, la finca y granja original, y la otra en Punta del Este.
Se puede ir a comer al mediodía de martes a domingo, y por la noche, viernes y sábados, desde las 21. O simplemente ir de compras. La variedad de productos de elaboración propia es enorme y de muy buena calidad. La mayoría se producen en Carmelo, como el aceite de oliva ($27 500ml, o 57 1L), las tres variedades de fideos secos ($11), algunos de los vinos, algunos quesos, como el brie (15) o el camembert ($16), y las frutas en conserva.
En el mismo local, resguardada tras un vidrio, hay una gran máquina plateada de la cual todas las semanas surgen yogures ($7) y dulce de leche ($10 500 grs.) sin conservantes. Todo bien casero.

La carta es corta, sin pretensiones, pero tentadora y sabrosa. A la hora del almuerzo, mollejas y riñoncitos salteados con ensalada de rúcula y parmesano ($32), queso bries marinado en sésamo con tomates secos y rúcula ($26), quesadillas ($32), y pizzas ($25). Para terminar, panqueques con dulce de leche ($15), flan ($15), queso y dulce ($14), o frutas en almíbar.

A la noche, a las ensaladas y a las quesadillas se les suman langostinos salteados con manteca y pimienta negra ($35), salmón Dijón con papas, zanahorias e hinojos ($30), medallón de lomo con mil hojas de papas ($51), sorrentinos o ravioles ($38), y de postre, volcán de chocolate ($20), tarta del día con helado ($16), o crème brûlée ($17). El café es Nespresso y el cubierto cuesta $6. Un detalle: por la noche el puerto de frutos cierra a las 21, por eso hay que entrar por la guardia.
Reservas: 4897-6249/50.

miércoles, 21 de abril de 2010

La cumbre


Antes de llegar a Ascochinga estuvimos tres días en La Cumbre, un pueblo en lo más alto del valle de Punilla, con una marcada influencia británica, que se inició hace más de 100 años con la llegada de los ingleses para la construcción del ferrocarril.
Para nosotros, que veníamos de Buenos Aires, tan sólo unirnos al ritmo tranquilo de las calles tomando bocanadas del aire fresco de las sierras, ya era un buen paseo en sí. Las casas son de otro tiempo, muchas tienen algunas paredes de piedra. En los jardines crecen las dalias, despreocupadas, sin darse cuenta la admiración que provoca su tumulto de pétalos en los porteños que llegamos de visita.

Pero el lugar ofrece mucho más. El mirador de Cuchi Corral es un punto perfecto para saltar en parapente, o simplemente para sentarse un rato a disfrutar de la vista. Si hace calor, está el río Pintos para darse un baño en las piletas que se forman entre las piedras. Para comprar, el camino de los artesanos. Cabalgatas, golf, trekking, o mountain bike, son algunos de los deportes que se pueden practicar.
Los Cocos, Cruz Grande, Cruz Chica -en donde se encuentra “El paraíso”, la casa donde el escritor Manuel Mujica Lainez pasó sus últimos años-, todo queda cerca y merece una recorrida.

Las opciones de alojamiento son muy variadas, las hay de todo precio. Una de ellas es Angelus (las tres fotos justos arriba), un hotel boutique con seis habitaciones, atendido por su dueña, Josefina Menéndez Behety, quien compró esta antigua casa construida inicialmente por un irlandés, que posteriormente pasó a manos de otro propietario que le dio a su interior el estilo tudor, con boiserie, que contrasta con la austeridad de la fachada.
Menéndez Behety, decoradora devenida hotelera, no sólo la recuperó y la puso en valor, sino que además le aportó la calidez de la que goza actualmente. Ubicado a dos cuadras del centro, cuenta con un enorme parque y un comedor con vista a las sierras.
Otra casa emblemática del lugar que fue transformada en hotel en 2006 es El castillo de Mandl (foto abajo), construido primero por el médico rosarino Bartolomé Vasallo, y luego remodelada por el austriaco Fritz Mandl. Tiene una vista insuperable. Los Cedros es otra de làs muchas alternativas.
La gastronomía no se queda atrás. Kasbah propone comida fusión, El pájaro goloso tiene una carta con varios platos franceses intercalados con preparaciones orientales. Para comer pizzas y empanadas caseras con una vista insuperable, A la pampa, y La casona del Toboso para probar la gastronomía de la zona.
Salir a tomar el té es otro de los programas clásicos. Café Escondido se ha ganado su buena fama con sus budines, cuadrados y tortas. También están La gran aldea y el Golf Club, con su club house de estilo inglés que data de 1924.

Elogio de la Cocina, de la escritora cordobesa Cristina Bajo, es el otro libro que llevé como compañía. Aunque lo había comprado hace tiempo, sólo había leído algunos capítulos. Fue en este viaje donde me pude conectar realmente con el texto. Una de las noches que pasé en Córdoba volví a empezarlo desde el principio. A media que avanzaba en la lectura me encontraba con todos los sabores y paisajes a los que me había acercado en los últimos días: las moras que crecen por doquier, los hongos de pino con ese color amarillo verdoso que tienen cuando están frescos, los salames de la Colonia, y los platos típicos, como el escabeche de vizcacha, que finalmente no llegué a probar.
Bajo vive actualmente en al ciudad de Córdoba, pero en el libro rememora su infancia en las sierras de Cabana, un paraje del valle de Unquillo. Las recetas y los relatos del texto están acompañados por delicadas ilustraciones.

jueves, 15 de abril de 2010

Ascochinga


Fotos: Mercedes Monti
Estuve ausente esta semana porque el sábado pasado partí por la ruta 9 hacia Córdoba. Después de cerca de ocho horas de viaje, casi en su totalidad por autopista, llegamos a nuestro destino, el Valle de Punilla.
Uno de los lugares que visitamos fue Ascochinga, situado a 57 kilómetros de la ciudad de Córdoba.
En la valija llevé el libro Soy Roca, de Félix Luna, ya que una de las vistas obligadas es la Estancia La Paz, que perteneció justamente a Julio Argentino Roca. Su mujer, Clara Funes, heredó el campo que llegó a su familia a través de su madre Eloisa Díaz. Pero fue su padre, Tomás Funes, quien mandó a construir el casco en 1830 y le cambió su nombre original por el de La Paz, en honor al Pacto de San José Flores.
Posteriormente, Roca le incorporó un estilo neoclásico- italiano, le sumó varios edificios y construyó la pileta olímpica.

Hoy es un hotel con 20 habitaciones. El alojamiento con desayuno cuesta $285 por persona, en todas las habitaciones menos la suite (la de la foto), que sale $70 más. Quienes quieran quedarse en el hotel averigüen bien las comodidades de cada cuarto, porque todos son diferentes- algunos tienen baño antiguo, otros vista a la laguna- y elijan el que se acomode más a sus preferencias. Ofrecen varias actividades y en lo que era el antiguo lavadero funciona un Spa.
De cualquier manera, no es necesario ser huésped del hotel para conocer la estancia o para ir al restaurant (llamar antes porque si el hotel está completo se llenan todas las mesas).

Pero lo que más me gustó a mí fue el parque diseñado por el paisajista francés Charles Thays. Frente al casco se extiende una laguna artificial de ocho hectáreas. Junto a ella pasa un camino de tierra bordeado a uno de sus lados por una hilera tipas, cuyas copas no se resignaron a estar separadas del agua por este camino. Por eso, a través de los años, se tomaron el trabajo de crecer dando un giro en el aire para sortear este obstáculo, hasta lograr que sus ramas más extremas toquen la laguna. De más está decir que caminar a través de este túnel natural es un paseo de cuento.
Esta es también la zona de las estancias jesuíticas. La más importante es la Estancia Santa Catalina, que data de 1622, y fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad. Está separada de Ascochinga por 16 kilómetros adornados con árboles y flores silvestres que se trepan por los alambrados.

También es corta la distancia a Colonia Caroya, a donde en 1878 llegaron los inmigrantes italianos friulanos y fundaron el pueblo. Su calle principal, la Avenida San Martín, tiene nueve kilómetros cubiertos por plátanos tan longevos y tan altos que parece rascacielos. Allí, con la receta original traída del norte de Italia, se produce un salame que tiene fama nacional. Me recomendaron ir a comer al resturant Macadam, pero lamentablemente justo estaba cerrado por vacaciones. Me quedó pendiente para la próxima vez.
La semana que viene les voy a contar un poco de La Cumbre.

miércoles, 7 de abril de 2010

Ciruelas asadas


Fotos: Mercedes Monti
Empalmando con el post anterior les dejo esta receta de ciruelas al horno, a las que les sienta muy bien salir acompañadas de un buen yogur griego, aunque no desprecian en absoluto la escolta de una bocha de helado, un copo de crema, o una cucharada de queso mascarpone.
Las cuatro opciones equilibran la acidez y el dulzor de este postre, que casi siempre nace con lo que quedó en la botella de vino de alguna ocasión anterior.

600 grs. de ciruelas cortadas al medio y descarozadas
1 taza de vino tinto
½ taza de azúcar rubia, o blanca
1 rama de canela

Encender el horno a fuego medio. Acomodar las ciruelas en una fuente para horno que no sea demasiado grande, porque la idea es que entren bien justas así el vino las cubre bien.
Espolvorear con azúcar, cubrir con el vino y acomodar la rama de canela en el centro.
Levar a horno por 20 o 30 minutos aproximadamente, hasta que la fruta esté cocina y tierna, pero no desarmada (las que posan en la foto salieron justo un poco pasadas, pero igual deliciosas).
Dejar enfriar antes de comer.

domingo, 4 de abril de 2010

Yogur griego


Fotos: Mercedes Monti
Hace un par de años estuve de visita en la casa de unos amigos que viven en Nueva York. La dueña de casa se fue de vacaciones y, con la amabilidad que la caracteriza, no sólo nos prestó su departamento sino que además llenó la heladera con latas de bebidas y cosas ricas para nosotros. Lo que más me sorprendió fue un “yoghurt griego”, un tipo de yogur que nunca había probado, mucho más denso, que venía con un poco de miel aparte para endulzarlo. Me quedé con ganas de un poco más, pero como acá, en Buenos Aires, no lo venden en los supermercados, me resigné.
La semana pasada entré al bolg Bitten, y vi que su autor, Mark Bittman, con la ironía que caracteriza, enseñaba cómo hacer el llamado “yogur griego”. Allí revela que no es más que yogur natural común, comprado en el supermercado, y drenado durante un par de horas, hasta obtener la consistencia deseada. Semejante descubrimiento me lleno de ansiedad y en menos de una hora me encontraba frente a la góndola de lácteos con dos potes de yogurt natural en la mano.
Sin embargo, todo no resultó tan fácil como decía el genial Bittman. Vacié uno de los potes sobre un colador cubierto con una servilleta de tela, acomodado sobre un bol grande. Siguiendo las instrucciones, lo dejé así un par de horas, para que desprenda parte del agua de su composición. Pero al cabo de ese tiempo apenas si había caído una gota en el recipiente de abajo y la consistencia seguía igual.
Como ya me había empecinado - y me habían asaltado unas tremendas ganas de comer yogur griego-, no me iba a dejar vencer tan fácil. Pensé que quizás no me había salido porque el yogur natural que se consigue acá no es igual que el que venden en Estados Unidos. Se me ocurrió entonces preparar, con el pote que me quedaba y un litro de leche, yogur casero, para luego drenarlo siguiendo las indicaciones de Bittman. Esta vez funcionó. Obtuve la consistente que quería.
Mientras lo revolvía me acordé que el año pasado alguien me dijo que en las negocios de comida árabe se podía conseguir ese mismo yogur. Fui entonces a buscar el libro Pasión por la cocina árabe, del chef Abdala. Ahí, en la página 50 vi primero la receta de yogur bebible casero, bajo el nombre de laban, y en la página 29, cómo convertirlo en labneh untable.
No sólo me di cuenta de que no había descubierto nada nuevo, sino que el truco para obtener el yogur que tanto me gustaba había estado todo el tiempo en mi biblioteca. Desde entonces, entré en una “fase láctea” y preparo mi yogurt casero todas las semanas.

Yogur natural casero (por consejo de mi pediatra a mi hija de un año y medio no le doy ningún tipo de yogurt)

Para 2 litro:
2 litros de leche
1 pote de 200 grs. de yogur natural


Para mayor precaución, estilizar la cacerola y las cucharas que se van a usar: acomodarlas dentro de una cacerola más grande, cubrirlos con agua y hervirlos durante cinco minutos.

Poner al fuego la cacerola esterilizada y verter en ella los dos litros de leche. Calentarla hasta llegar a los 90°C. Esto es un poco antes de que hierva, cuando comienzan a aparecer las burbujas a los costados. Apagar el fuego y esperar que la temperatura descienda a 43°C (caliente pero no quema, es perfectamente tolerable al tacto). Para acelerar el proceso se puede sumergir la cacerola en agua fría. Pero ojo, que no baje de los 43°. Puede estar a un par de grados más pero no menos.

Una vez que llegó a esa temperatura, mezclar el yogur natural con una cucharita para que su consistencia esté bien homogénea, e incorporarlo a la cacerola con la leche. Revolver con una cuchara para que se distribuya bien, tapar con un repasador, y así dejar la preparación a temperatura ambiente, en un lugar cálido, durante 10 horas.

Pasado este tiempo, los dos litros de leche se habrán convertido en yogur. Guardarlo en la heladera en un recipiente cerrado y esperar un par de horas antes de consumirlo para que se enfríe bien y tome un poco más de cuerpo.

Yogur griego

Vale aclarar que si bien se lo conoce como griego, no es patrimonio únicamente de ese país, sino que se prepara de la misma manera en muchos otros lugares. Queda delicioso endulzado con un poco de miel. Sólo, o como acompañamiento de frutas frescas o compotas. Como dip, condimentado con un poco de sal, pimienta y aceite de oliva, y también en ensaladas, como por ejemplo, la Raita, típica de la India.

Para 1 litro, aproximadamente:
2 litros de yogur natural

Acomodar sobre un recipiente un colador grande y cubrirlo con una servilleta, un repasador o un lienzo. Verter encima los dos litros de yogurt natural casero. Cerrar el repasador como si fuera una bolsa, y atarlo.

Llevar todo esto a la heladera.

De esta forma el yogur desprenderá parte de su agua y se pondrá cada vez más espeso. Al cabo de ocho horas se habrá reducido más o menos a la mitad. Pero si lo quieren aún más denso lo pueden dejar una o dos horas más. Se parecerá cada vez más a un queso crema (Abdala, en su libro, indica 12 horas para obtener el labneh, queso untable casero a base de yogur).

Cuando tenga la consistencia perfecta, desechar el líquido depurado, y pasar el yogurt a un frasco o a algún otro recipiente cerrado. Dura una semana en la heladera.

viernes, 2 de abril de 2010

Fast good

En el número del 19 de marzo de la revista Para Ti, salió publicada esta nota que escribí sobre las propuestas de las distintas cadenas de comida que se inscriben en la corriente Fast good. Clickear las imágenes parar agrandarlas.